Una de las cosas que más me llena de mi trabajo es que me permite formar parte de historias preciosas. Empecé, en algún momento indefinido de mi carrera, a utilizar mis creaciones para atrapar mis propios momentos y recuerdos inmateriales, dando a las piezas un contenido emocional que iba más allá de ser un anillo de un color combinable o simplemente bonito. Y sin darme cuenta, me acabé especializando en este tipo de pieza. Los clientes acuden a mí convirtiéndome en invitada de honor de historias íntimas, formando parte de regalos que van más allá de lo material.

Un bonito ejemplo de ello es la serie de anillos que hice por encargo de mi amiga Mireia Ripollés. Había regresado recientemente de un viaje muy especial a Marruecos; había formado parte de un grupo de personas (casi todo mujeres) que se unieron en un proyecto de cooperativismo e innovación social, movidas por un profundo sentimiento de solidaridad hacia la mujer en todos sus ámbitos, el personal, el familiar y el profesional. Su objetivo era visitar cooperativas de mujeres y, mediante la creatividad e imaginación, generar cambios que produjeran valor en dichas cooperativas en forma de productos, servicios o sistemas que mejorasen su bienestar y su calidad de vida.

Mireia quería que hiciera, para ella y sus compañeras de viaje, una pieza que sirviera de recuerdo de lo vivido esos días. Me trajo un pequeño puñadito de arena y me contó que cuando iban todas juntas las llamaban “Gazelles” (gacelas en francés), un apelativo cariñoso que rozaba el piropo.

No pude ver sus caras al recibir el regalo, pero sé que les emocionó y que están encantadas con sus anillos. Y yo también lo estoy por haber formado parte, una vez más, de una historia preciosa y de algo que dibuja una gran sonrisa en más de un rostro.